Existen históricamente
dos tipos de espiritualismo, el filosófico y el religioso. A mi me interesa el
espiritualismo filosófico, por su carácter lógico y racional (y no dogmático). Los
fundamentos de dicho espiritualismo provienen de la metafísica y de la
ontología (ambas, ramas de la filosofía). La metafísica propone la existencia
de la ley eterna, y dicha ley sentencia lo siguiente: No debemos preferir lo
material a lo espiritual, ni lo efímero a lo eterno, ni lo cómodo y placentero,
a lo virtuoso (El Libre Albedrío, San
Agustín, capítulos VI y XII).
Luego, de la ética específicamente,
me interesa subrayar la suprema obligación
que tiene el ser humano de auto desarrollarse integralmente, lo cual
significa propiciar un desarrollo equitativo de sus diferentes áreas de
actividad (es decir, el hombre y la mujer multidimensionales), y esto implica
que tenemos que tener un estilo de vida austero, no tan excesivamente
comprometido con el adelanto material, para que así realmente dispongamos de
tiempo para invertirlo en nuestro adelanto espiritual y en un cumplimiento
equitativo de todos nuestros roles. Y dicho desarrollo integral requiere del
don de la Voluntad Espiritual. Dice San Agustín en su libro El Libre Albedrío
con respecto a la voluntad: “El que tiene esta buena voluntad tiene ciertamente
un bien, que debe preferir con mucho a todos los reinos terrenos y a todos los
placeres del cuerpo. Mas el que no la tiene, carece, sin duda, de lo que es
superior a todos los bienes” (Capítulo XII).
He pasado algunos años
tratando de definir la suprema razón de ser de nuestro paso por esta vida terrenal, la he
modificado varias veces a medida que asimilo nuevas ideas y conocimientos, y al
día de hoy, en este mismo instante, quiero manifestar que dicha razón (que por supuesto es el pilar fundamental del
Espiritualismo Ético) es la siguiente: Trascender nuestra personalidad egoísta a través
de nuestro compromiso con los valores (reflejado a su vez en hechos concretos
que son las virtudes o los méritos espirituales) con el fin de alcanzar la
UNIÓN DIVINA. Aplicando la dialéctica y
el lenguaje de la Planificación Estratégica (ciencia de la administración) al
desempeño espiritual, podemos afirmar que nuestra misión consiste en trascender
nuestra personalidad egoísta y nuestra visión en alcanzar la UNIÓN DIVINA.
Existen varias herramientas fundamentales para lograr la trascendencia de
la personalidad, y una de las más útiles, es la herramienta de la meditación
dirigida a cumplir con el Principio de la Incondicionalidad y a experimentar la
Libertad Absoluta. En términos sencillos, es la meditación mediante la cual
somos capaces de alcanzar un enorme bienestar interior de tipo incondicional,
es decir, un bienestar que no requiere de condicionamientos exteriores o personales porque tiene su asidero dentro de nuestra Vida Interior Desarrollada. Al
liberarnos totalmente de los motivos convencionales y de los apegos con los
bienes exteriores, logramos despojarnos del interés propio, y en consecuencia,
desembocamos en el mar de la Libertad Absoluta, lo cual significa que la felicidad
y el éxito interiores han llegado a adquirir mucha mayor relevancia que la felicidad y el éxito exteriores. Y el
desarrollo y fortalecimiento de la vida interior, debe verse reflejada en una
vida de austeridad, de servicio, de sacrificio, de desempeño espiritual y de
gran bienestar interior.
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