Usted, yo, el, ella y todos los
seres humanos somos por naturaleza, adictos a los deseos y a las emociones. Cuanto
más intensos sean éstos, mayor será nuestro grado de excitación y por lo tanto,
de placer y de satisfacción de nuestro yo inferior. Si alguien nos preguntara
cual consideramos que es el sentido de la vida, trataríamos de darle una
respuesta basada en consideraciones filosóficas o religiosas, pero en el fondo,
si nos quitaran la posibilidad de tener deseos y emociones, nos sentiríamos
perdidos, con una vida totalmente vacía y sin ninguna razón de ser. Por lo
tanto, el sentido de la vida –desde un punto de vista práctico e inmediato o lo
que es lo mismo, desde el punto de vista del yo inferior- para el hombre en
general, está determinado por los deseos que sea capaz de satisfacer aunque sea
a medias y por las emociones que pueda experimentar. De lo anterior se desprende que el sentido de
la vida para todos los mortales (con sus pocas excepciones por supuesto), está
condicionado por lo que podamos llegar a TENER
(bienes materiales y personales) y no por lo que podamos llegar a SER
(expansión de la conciencia espiritual de nuestro yo superior, cultivo de la
vida interior y liberación de apegos con todos los tipos de bienes exteriores
ya sean materiales o personales). En el primer caso, tenemos nada menos que la
causa de la mediocridad y la mezquindad que históricamente ha caracterizado a
la humanidad, y en el segundo caso, tenemos descrito en forma elocuente el
desafío que tendría que superar el hombre, para pasar de un mundo muy
defectuoso como el actual a uno virtuoso. Para ponerlo en un contraste muy
nítido, la cultura hedonista, consumista y presuntuosa, es la que le da la
razón de ser a la vida de las personas que se comportan como los pequeños
engranajes de la gigantesca máquina que le da impulso a dicha cultura, cuando lo
correcto sería que la cultura ascética-ética-espiritual sea la que brinde dicha
razón de ser.
San Agustín de Hipona en su obra
El Libre Albedrío, en el capítulo VI titulado “La Ley Eterna es moderadora de
las leyes humanas”, le explica a su discípulo Evodio que todos llevamos impresa
la ley eterna (o sea, que la noción de dicha ley es algo intrínseco a nuestra
naturaleza humana) y que ésta “es aquella en virtud de la cual es justo que
todas las cosas estén perfectísimamente ordenadas” (un maravilloso y
perfecto ORDEN DIVINO). Lo cual
significa que debemos amar todas las cosas del mundo ordenadamente, conforme su grado
de perfeccionamiento espiritual, y no preferir lo material a lo espiritual, ni
lo efímero a lo eterno, ni lo cómodo y placentero a lo virtuoso. Dado
que los deseos y las emociones se asocian en su inmensa mayoría con los apegos
materiales y personales (que son efímeros, transitorios, que nos brindan placer
y comodidad), podemos afirmar sin temor a exagerar, que bajo el imperio de la
ley eterna, la adicción psicológica a los deseos y las emociones es absolutamente
antiética e inmoral porque nos impide cumplir con el ORDEN DIVINO de la Ley Eterna
y nos resta toda posibilidad de alcanzar el máximo objetivo que es la Unión
Divina. La dependencia con los deseos y las emociones para sentirnos entusiasmados
y hasta para encontrar en gran medida el sentido de nuestras vidas, nos
convierten en cavernícolas o retrógrados espirituales, en auténticos hombres y mujeres primitivos y
salvajes porque de acuerdo con el criterio de orden divino de la Ley Eterna,
deberíamos depender principalmente de los bienes espirituales y eternos así
como de un proyecto de vida comprometido con las virtudes para sentirnos quizás
no tanto llenos de entusiasmo y de motivación -que son emociones por lo general
condicionadas por los bienes exteriores- sino de un gran bienestar interior
anclado en el santuario de nuestra vida interior y que le brinda a nuestras
vidas, una auténtica y sólida razón de ser. Pero la triste realidad es que los
deseos y las emociones prácticamente omnipresentes en nuestras mentes, nos
meten en un estilo de vida totalmente desordenado en relación con dicha ley.
Hay personas que debido a su fama
(estrellas del deporte, del cine, del arte, de la música, de los negocios,
etc.) han creado una híper dependencia con deseos y emociones de gran calibre,
y aunque externamente luzcan muy seguros
y felices, como verdaderos triunfadores, en realidad y al amparo de la Ley
Eterna, son verdaderos cavernícolas espirituales en relación con el orden
divino de dicha ley. Son personas cuyas vidas se caracterizan por ser
superficiales, agitadas y dominadas por la superación material-personal. Si los
despojamos de la comodidad y del placer que pueden obtener en grandes
cantidades y de sus apegos con bienes que son extremadamente efímeros (en
relación con los bienes eternos), se desinflan como globos de aire cuando son pinchados,
y no queda nada de ellos, más que un trozo de goma sin forma, sin temple y sin
resistencia. Estos personajes son tan superficiales como los mismos deseos y
emociones que los alientan en su efímera grandeza. Pero la inmensa mayoría de
habitantes del planeta, que no somos famosos ni ricos, también somos unos
grandes dependientes de los deseos y las emociones y por consiguiente
cavernícolas o retrógrados espirituales, pero a diferencia de los famosos, vivimos
en un ambiente más propicio para tener la oportunidad o necesidad de
reflexionar acerca de qué es lo más trascendental de la existencia humana,
sobre su verdadero sentido, su razón de ser, su propósito, su dimensión divina,
sus elementos accesoriales como lo son los bienes exteriores que son efímeros y
transitorios, contrario a nuestro espíritu, etc., de tal manera que podamos
estudiar y conocer sobre diferentes materias fundamentales tales como el
esoterismo, filosofía práctica, ética, meditación, religiones, escatología, y
podamos generar en nosotros mismos una revolución de tipo ética-espiritual e
iniciar la expansión de nuestra conciencia con todos esos conocimientos,
experiencias y reflexiones.
Dicha expansión debería
permitirnos iniciar la lucha para romper con esa vergonzosa dependencia
psicológica con los deseos, las emociones y con los placeres que nos brindan
los bienes exteriores. Dependencia que nos hace ser cavernícolas o retrógrados
espirituales, condición que debe causarnos pena y a la vez el entusiasmo para
superarla y transformarnos en líderes de nuestra propia revolución espiritual.
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